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“¿Cuánta hipocresía soportaré…en toda mi entera vida?
¿Cuántas mentiras crearé…para no ser yo misma?¿Cuántas personas…serán como yo?
¿Cuántas veces veré…como la vida lastima?”
Escribía esas frases cada 10 minutos. Era como un síndrome de abstinencia, la tenía controlada esa frase, y si no podía escribirla, la cantaba.
Era la marioneta de sus pensamientos.
Su madre había quemado sus (insignificantes para el mundo, hermosas para ella) obras.
Ella sabía la realidad. Matar era malo. Pero los adinerados lo hacían, porque ellos pensaban que era correcto. Eran pequeños niños mimados, llenos de estereotipos, llenos de dinero. Solo pensaban en el dinero, por el dinero y para el dinero.
“¿Cuánta hipocresía soportaré…en toda mi vida entera?”
Iba a la escuela y sus profesores la regañaban por sus dibujos. No solo porque dibujaba, sino porque dibujaba paisajes alegres, símbolos de la paz y de un mundo no hipócrita.
La gente la despreciaba. Porque la gente era oscuramente negra. Su alma estaba contaminada de mentiras y controles. Eran los pequeños robots de la gente millonaria.
“¿Cuántas mentiras crearé…para no ser yo misma?”
Su familia, sus amigos, sus compañeros de clases, todos la creían alguien diferente. En un mundo donde ser diferente, era ser un monstruo, una persona indigna de hablar. Ella no podía expresar su pensamiento, porque todos pensaban que carecía de idea. Todos eran un movimiento en contra de ella, de su mente, de su cabeza. Querían tomar cables y conectarla a las maquinas, donde le decían que tenía que hacer. Ella terminaría igual que todos.
Mentir estaba mal, ella mentía sobre quién era. Pero si en su mundo matar era malo, e igual se realizaba, ¿Por qué no podría ella mentir también?
¿Cuántas personas…serán como yo?
Nadie la respetaba, todos huían. ¡Todos eran iguales! La desesperación llega al punto de gritar a todos “¿Por qué soy diferente? ¿Por qué nadie piensa como yo?” en medio de la escuela. La castigaron y sus profesores la miraban con máxima atención. Cómo si fuera un esqueleto con cerebro. A diferencia de ellos. Ellos tenían la misma cabeza, ella no.
¿Cuántas veces veré…como la vida lastima?”
“Siempre” se respondía. Ella misma lastimaba. Lastimaba a las demás personas mintiéndoles, ocultándose detrás de varias facetas que no quería que descubrieran. Estaba dentro de su pequeña prisión mental. Ocultada detrás de las mentiras sobre su personalidad. Ya no sabía quién era. ¿Era buena o malvada? ¿Tendría que ser despreciada solo por sus pensamientos?
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