domingo, 22 de mayo de 2011
La artista censurada (capitulo 3: Libertad, dulce libertad)
“El mundo se definirá en tres palabras: Amor, paz y armonía, cuando el mal deje de existir, cuando los malos mueran en la batalla contra la bondad, cuando el dinero deje de influenciar en las mentes de los asesinos, porque todos matan solo por dinero. Cuando sepan que todos somos iguales, porque las diferencias, en este mundo, no dan expectativas de vida… solo muerte”
Mira inexpresiva la ventana. Una paloma vuela sobre las calles y vuelve a remontar vuelo. Le recuerda a la libertad.
Por un momento la envidia y la mira con ojos rojos llenos de furia. Luego la ignora y vuelve a su dibujo. No es como todas sus pinturas. Desde que su madre quemó su educación y la abofeteó por su pensamiento.
“¡Basta!” –grita alguien en su mente y deja el pincel inmóvil. Levanta la cabeza esperando alguna ayuda o respuesta, pero en su mente solo se escucha un silencio. Vuelve a su arte, su nuevo arte. El que tiene solo manchas sin sentido, aunque muchos dirían “Oh, que hermosa pintura”.
Levanta el dibujo y lo contempla, como si fuera a cambiar. Son solo nubes, grises, y una calle en plena lluvia. Los faroles se hayan apagados. La oscuridad inunda el dibujo.
Esa palabra es perfecta para describir la obra: Oscura, horriblemente oscura.
Un clic se escucha en su cabeza y la ira la inunda. ¿Ira? Eso era una descripción diminuta comparada con lo que sentía.
Quería que las diferencias no existieran, quería que su madre no deba revisarle cada dibujo que ella pintaba. Ya no la dejaba dibujar nada que viera algo pacifista o de igualdad. No la dejaba expresarse como quería.
Un humo negro aparece dentro suyo, cómo miles de huracanes aplastando una ciudad entera. Potentemente furiosa. Eso se acercaba a su estado.
Tomo entre sus manos el dibujo y lo llevo a su madre.
Ella se encuentra sentada opuesta al fuego, ignorándola por completo. La mujer quería que su hija no fuera una artista. Por eso cada vez que dibujaba sin permiso, tomaba los dibujos y los quemaba en el fuego. Julie le temía al fuego. Porque aquel elemento podía lastimarla, podía eliminar todo su esfuerzo en segundos. Se queda mirando con ojos temerosos a aquella luz que hacía cenizas sus dibujos y su expresión. Todo terminaba en el fuego, ¿Por qué seguía construyendo su casa de madera, si luego se iba a convertir en leña?
La señora Williams la ve y parece enojarse. La presencia de su hija la incomoda. Alguien tan diferente para ella es algún ser malvado. Pero ella no sabe que lo malo se haya más arriba, en la jerarquía más alta. Donde los adinerados matan por placer. Su madre quería llegar a esa jerarquía, tener mucho dinero, ser famoso. Una persona engreída y adicta al poder.
Toma los dibujos con brusquedad, y los tira al fuego, sin verlos.
- Ya no debes dibujar más. Es malo para nuestra familia. - dice ella volviendo a leer el libro.
- ¿Por qué? –susurra con debilidad. ¿Familia? Era ella la que dibujaba. ¿En que podían perjudicar unos dibujos?
- Julie, quiero que vallas a la universidad. No que te conviertas en una rebelde chica, sin dinero. Pobre – enfatiza la última palabra. Para ella ser pobre significaba tener poco dinero. Para Jules era no saber nada sobre historia, sobre pintura, sobre literatura. No saber nada. - Vas a ser lo que yo quiero que seas – sigue hablando la mujer, pero Julie no la escucha. Luego la toma de la mano con fuerza y la lleva a su habitación. Toma sus pinturas, sus pinceles, sus libros, sus viejos dibujos, todo lo que ella ama, y lo arrastra hasta la boca del infierno. El fuego vuelve a quemar sus sabidurías. Ya no queda mucho de su libertad.
Ella grita. Pierde las riendas de su control. Empieza a golpear el piso. “Libertad… ¿Dónde esta mi libertad? Mi libre expresión... ¿adonde se ha ido?”
Su madre la abofetea de nuevo, haciéndola volver a la realidad. Cae al piso. Empieza a llorar, por la impotencia de no poder hacer nada. Así que decide lo que causaría un nuevo cauce en el nuevo río de su vida: Irse de casa.
sábado, 21 de mayo de 2011
La artista censurada - (Capitulo 2- Hipocresía: La mascara de la maldad)
2
“¿Cuánta hipocresía soportaré…en toda mi entera vida?
¿Cuántas mentiras crearé…para no ser yo misma?¿Cuántas personas…serán como yo?
¿Cuántas veces veré…como la vida lastima?”
Escribía esas frases cada 10 minutos. Era como un síndrome de abstinencia, la tenía controlada esa frase, y si no podía escribirla, la cantaba.
Era la marioneta de sus pensamientos.
Su madre había quemado sus (insignificantes para el mundo, hermosas para ella) obras.
Ella sabía la realidad. Matar era malo. Pero los adinerados lo hacían, porque ellos pensaban que era correcto. Eran pequeños niños mimados, llenos de estereotipos, llenos de dinero. Solo pensaban en el dinero, por el dinero y para el dinero.
“¿Cuánta hipocresía soportaré…en toda mi vida entera?”
Iba a la escuela y sus profesores la regañaban por sus dibujos. No solo porque dibujaba, sino porque dibujaba paisajes alegres, símbolos de la paz y de un mundo no hipócrita.
La gente la despreciaba. Porque la gente era oscuramente negra. Su alma estaba contaminada de mentiras y controles. Eran los pequeños robots de la gente millonaria.
“¿Cuántas mentiras crearé…para no ser yo misma?”
Su familia, sus amigos, sus compañeros de clases, todos la creían alguien diferente. En un mundo donde ser diferente, era ser un monstruo, una persona indigna de hablar. Ella no podía expresar su pensamiento, porque todos pensaban que carecía de idea. Todos eran un movimiento en contra de ella, de su mente, de su cabeza. Querían tomar cables y conectarla a las maquinas, donde le decían que tenía que hacer. Ella terminaría igual que todos.
Mentir estaba mal, ella mentía sobre quién era. Pero si en su mundo matar era malo, e igual se realizaba, ¿Por qué no podría ella mentir también?
¿Cuántas personas…serán como yo?
Nadie la respetaba, todos huían. ¡Todos eran iguales! La desesperación llega al punto de gritar a todos “¿Por qué soy diferente? ¿Por qué nadie piensa como yo?” en medio de la escuela. La castigaron y sus profesores la miraban con máxima atención. Cómo si fuera un esqueleto con cerebro. A diferencia de ellos. Ellos tenían la misma cabeza, ella no.
¿Cuántas veces veré…como la vida lastima?”
“Siempre” se respondía. Ella misma lastimaba. Lastimaba a las demás personas mintiéndoles, ocultándose detrás de varias facetas que no quería que descubrieran. Estaba dentro de su pequeña prisión mental. Ocultada detrás de las mentiras sobre su personalidad. Ya no sabía quién era. ¿Era buena o malvada? ¿Tendría que ser despreciada solo por sus pensamientos?
La artista censurada- (Capitulo 1: Bocas cerradas)
1
El arte que expresaba en sus obras eran nada más contornos, sombras, de lo que ella podía lograr. Dibujaba cuerpos sin cabezas, cabezas sin bocas ni ojos. Eran solo pequeñas partes de un rompecabezas, que luego uniría, cuando consiga pintar toda una obra completa.
Cuando era chica trataba de dibujar a sus amigos, pero ellos se reían porque los ojos salían con medidas extrañas. No apreciaban el resto del dibujo, solo se burlaban de los ovalados dibujos.
Ella había empezado a interesarse en las obras de Pablo Picasso, su forma de expresarse en distintas formas de simetría, el dominio del pincel, la escala de colores. Fascinaba a la pequeña Julie, que nada más tendría 6 años para esa edad.
Era una época en donde la libre expresión era sólo un sueño de los artistas, porque ni siquiera ellos salían salvados de la censura.
¿Censura? ¿No sabes que es la censura? Censura es no poder expresarte como quieres, porque los mayores, los de mayor jerarquía en tu mundo, quieren controlarte. Quieren controlar que serás alguien más, cómo todo los demás, aunque tú quieras ser diferentes. Ellos odian las diferencias, al menos de que se trate de ellos mismos. Primero ellos, porque tienen dinero y poder. Luego tu, el que se esfuerza por salir adelante, pero que a veces no lo consigues, y quedas como “la otra sociedad”.
Julie no podía decir lo que pensaba. Ella creía que estaba mal decir que debías hacer. Quería elegir su propio camino. Pero a nadie le importaba, porque ella era una niña más del montón.
No la dejaban dibujar, porque creían que era inapropiado para su salud, o era falta de respeto a la autoridad. Porque dibujaba un lugar pacifista, cómo lo era Picasso. Quería imitarlo, ser como él. Eliminar todo lo que estaba pasando ahora.
Ella preguntaba en su casa a los 17 años. “Mamá, ¿Por qué están encarcelando judíos?”. Su madre respondía “Porque así tiene que hacer”. Julie no se quedaba muy convencida, matar era malo. Eso le había enseñado. Pensaba que cada uno tenía sus elecciones. ¿A ella les quitarían sus gustos? Y ese día, volvió a preguntarle “Mamá, esta mal que encarcelen judíos. Matar gente es malo”.
La señora Williams se acercó y la bofeteó “No digas estupideces, niña malcriada ¿Quién te ha enseñado eso?”. La mujer se acercó a los dibujos de la pequeña nena y los tiró al fuego. Luego tomó libros de la biblioteca preferida de Jules, sus libros de Picasso y algunos de filosofía, de Karl Marx, que tanto adoraba.
“Sin libros, no hay educación” – pensó – “ella me quitará mi educación. Quitará mi modo de ser, lo despegará de mi cuerpo y esa personalidad se convertirá en fuego, cómo las hojas amarillas del libro de filosofía de Rótterdam convertidas en cenizas negras carbón”
-¡Estos pensamientos son sucios! –Gritó furiosa su madre, sacándola de sus pensamientos- No puedes pensar así – quemó los libros, cómo si fuera leña. Las llamas desprendieron un pequeño color naranja más intenso y tonos de azul.
“¿Seré una más del montón?”