sábado, 21 de mayo de 2011

La artista censurada- (Capitulo 1: Bocas cerradas)

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El arte que expresaba en sus obras eran nada más contornos, sombras, de lo que ella podía lograr. Dibujaba cuerpos sin cabezas, cabezas sin bocas ni ojos. Eran solo pequeñas partes de un rompecabezas, que luego uniría, cuando consiga pintar toda una obra completa.

Cuando era chica trataba de dibujar a sus amigos, pero ellos se reían porque los ojos salían con medidas extrañas. No apreciaban el resto del dibujo, solo se burlaban de los ovalados dibujos.

Ella había empezado a interesarse en las obras de Pablo Picasso, su forma de expresarse en distintas formas de simetría, el dominio del pincel, la escala de colores. Fascinaba a la pequeña Julie, que nada más tendría 6 años para esa edad.

Era una época en donde la libre expresión era sólo un sueño de los artistas, porque ni siquiera ellos salían salvados de la censura.
¿Censura? ¿No sabes que es la censura? Censura es no poder expresarte como quieres, porque los mayores, los de mayor jerarquía en tu mundo, quieren controlarte. Quieren controlar que serás alguien más, cómo todo los demás, aunque tú quieras ser diferentes. Ellos odian las diferencias, al menos de que se trate de ellos mismos. Primero ellos, porque tienen dinero y poder. Luego tu, el que se esfuerza por salir adelante, pero que a veces no lo consigues, y quedas como “la otra sociedad”.

Julie no podía decir lo que pensaba. Ella creía que estaba mal decir que debías hacer. Quería elegir su propio camino. Pero a nadie le importaba, porque ella era una niña más del montón.

No la dejaban dibujar, porque creían que era inapropiado para su salud, o era falta de respeto a la autoridad. Porque dibujaba un lugar pacifista, cómo lo era Picasso. Quería imitarlo, ser como él. Eliminar todo lo que estaba pasando ahora.
Ella preguntaba en su casa a los 17 años. “Mamá, ¿Por qué están encarcelando judíos?”. Su madre respondía “Porque así tiene que hacer”. Julie no se quedaba muy convencida, matar era malo. Eso le había enseñado. Pensaba que cada uno tenía sus elecciones. ¿A ella les quitarían sus gustos? Y ese día, volvió a preguntarle “Mamá, esta mal que encarcelen judíos. Matar gente es malo”.

La señora Williams se acercó y la bofeteó “No digas estupideces, niña malcriada ¿Quién te ha enseñado eso?”. La mujer se acercó a los dibujos de la pequeña nena y los tiró al fuego. Luego tomó libros de la biblioteca preferida de Jules, sus libros de Picasso y algunos de filosofía, de Karl Marx, que tanto adoraba.

“Sin libros, no hay educación” – pensó – “ella me quitará mi educación. Quitará mi modo de ser, lo despegará de mi cuerpo y esa personalidad se convertirá en fuego, cómo las hojas amarillas del libro de filosofía de Rótterdam convertidas en cenizas negras carbón”

-¡Estos pensamientos son sucios! –Gritó furiosa su madre, sacándola de sus pensamientos- No puedes pensar así – quemó los libros, cómo si fuera leña. Las llamas desprendieron un pequeño color naranja más intenso y tonos de azul.

“¿Seré una más del montón?”

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